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Actualización: 24/01/2012

Josep María Rodríguez

Raíz

Por Rafael Espejo

A Josep María Rodríguez (Suria, Barcelona. 1976) le han bastado tres libros para madurar una voz y una visión de mundo personalísimas, aun cuando su poesía aspira justo a lo contrario: "Maldigo la autoestima/ y la seguridad en uno mismo", confiesa abiertamente en el poema Necesidad. Pero uno nunca es dueño de la imagen que proyecta y, mal que le pese al poeta, en Raíz sus lectores encontramos definición a cuanto nos venía anunciando desde hace más de diez años. No quiero ni mucho menos insinuar con esto que haya encontrado una fórmula para producir en cadena, porque de hecho de sus poemas individuales se desprende no sólo una intuición envidiable (por imprevisible) para cazar imágenes iluminadoras, sino una rigurosa labor lingüística que no deja cabo suelto. Una media, entonces, de lo misterioso y lo racional funda carácter en Josep M. Rodríguez, espoleándole a rastrear evidencias ocultas: "Camino por el bosque.// Hace frío/ y el arroyo está helado.// En su interior,/ se ha quedado atrapada una pequeña hoja.// La mirada está atenta:/ Esa imagen resume/ qué pasa en la memoria" (p. 30). Engarzados como este son los que, repito, sustentan el hilo de un discurso que se debate entre la metafísica y la cotidianeidad.

Dividido en cuatro partes sin títulos, y a pesar de cierto temperamento episódico y autorreferencial en su estructura, el libro parece en realidad abordar a la manera de un péndulo -de lo visible al interior y del secreto a la apariencia-, incansablemente, las mismas inquietudes: la fragilidad de la memoria, la irrealidad de los amores, la desfragmentación del yo y el acoso de la muerte. Esos son los cuatro puntos cardinales -pero no las cuatro partes- que orientan al autor en su intento por comprender el mundo, por enraizarse a él ya sea desde la conciencia intelectual ya desde la interpretación simbólica, por no decir creacionista: "Lo que queda de día/ reluce en un pedazo de metal.// Es una lata roja, de refresco,/ que bien parece el corazón del bosque.// Cierro los ojos y oigo su latir:/ Arritmia de las gotas al caer de los árboles" (p. 10).

Es sintomático el gusto por apoyar esta suerte de oráculos sentimentales en elementos de la naturaleza: astros, animales, viento, nubes, agua, cuerpos, luz, etc. No en vano Josep M. Rodríguez ha traducido a Kobayashi Issa y preparado una antología de haikus españoles contemporáneos. Una sensibilidad zen omnipresente en todo el libro -no sólo cuando aventura de manera explícita o disimulada esas estrofas- dobla la apuesta por el poema fenomenológico, una vía de conocimiento sustentado más en lo que se intuye que en lo que se manifiesta. Y es esa calidad premonitoria de la palabra lo que empuja a invertir formalmente en sugestivas elipsis, marca de la casa, que invitan al lector a entrar en el poema y participar de él: "En mitad de la noche,/ parpadea una vela.// Mi corazón,/ el viento." (p. 25). Pero, con todo, no siempre es así. Ya dije antes que, en su empeño por pulir detalles en las piedras preciosas, no deja cabo suelto, ningún poema queda en manos del azar. De modo que aunque se entregue a crear atmósferas y dejarlas suspendidas, operando un momento sobre el subconsciente del lector, en no pocas ocasiones el discurso es conducido hacia una conclusión impuesta, sin doble lectura (o acaso sólo con doble lectura). Esto, que no es ni bueno ni malo, elude la dispersión excesiva y con ello el riesgo congénito a la poesía dialéctica de incurrir en lo vacuo.

Digamos que en Raíz su autor busca identidad tensando el sentido de la existencia, estableciendo veladas analogías entre el yo (que contempla) y el resto de realidades (ese vasto territorio físico y mental, mina infinita para las especulaciones): "Eso quise decir,/ que en la mirada empiezan nuestros límites/ y nuestra forma de entender el mundo". Y esa mirada, cualquier mirada, no tiene memoria; los ojos sólo pueden registrar el presente, dar testimonio de fugacidades. De modo que mientras las nubes sigan mutando según sople el viento, o el mar tartamudee en su intento por pronunciar un nombre, o los hormigueros crezcan hacia adentro como raíces de un tallo que no existe, mientras el mundo, en fin, no se detenga, lo raro seguirá siendo estar vivo y asistir en persona al espectáculo de esta cambiante, inagotable fábula. Estoy convencido de que sus manifestaciones diarias serán la mejor noticia para Josep M. Rodríguez, para su poesía y para sus lectores.

 

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