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Noni Benegas

Noni Benegas

Actualización: 07/06/2018

Homenaje a María Mercedes Carranza

María Mercedes Carranza o la cotidianidad absurda

Por Noni Benegas

Noni Benegas recuerda a María Mercedes Carranza por los 15 años de su fallecimiento

Me gustaría homenajear a María Mercedes Carranza mostrando los temas que espigué a lo largo de su lectura, gracias al volumen de su poesía reunida que me proporcionó el Instituto Caro y Cuervo, editado en su imprenta de Bogotá en 2014, junto a una inestimable recopilación de ensayos críticos sobre la obra de la poeta colombiana.

Quiero hacer hincapié en un hecho, que suele pasar inadvertido pero de importancia capital, dada la edad que tenía nuestra autora cuando ocurrió. Me refiero a los 7 años que vivió en Madrid, entre sus 6 y 13 de edad, entre 1951 y 1957. Hija de padre poeta casi nacional -Eduardo Carranza-, destinado como diplomático en la península, a Mercedes le tocó crecer y desarrollarse en una gris España de posguerra, que oprime a las mujeres. Me refiero a aquello de: En mi casa manda mi padre; en la escuela el maestro; en el pueblo el alcalde; en la provincia el gobernador; en España el caudillo.
En el poema, "Ledesma 1951", de su libro 'Tengo Miedo', de 1982 pinta el pueblo castellano del mismo nombre así:

La vida eran aún los desastres de la guerra, 
el recelo aún, la desesperanza
en la dura mirada de las gentes. 
Una niña, por las calles, hacía allí 
sus primeros recuerdos, y algunas 
de sus futuras desolaciones. 

El poema siguiente, “Bogotá 1982” pinta un panorama similar, sólo que la ciudad ahora es americana y han pasado más de 30 años:

Nadie mira de frente, 
de norte a sur la desconfianza,
el recelo, entre sonrisas 
y cuidadas cortesías. 

Es decir, en el país cuna del Realismo Mágico, cuyo máximo representante es el Nóbel Gabriel García Márquez, Mercedes Carranza enarbola algo así como la cotidianeidad absurda. Y a un mundo a todo color, hechizante y legendario, opone otro en blanco y negro de serie “B”, desolado y violento, más próximo a la Europa del existencialismo, y el vacío de posguerra, que había experimentado en directo a esa edad en que se configura nuestra idea del mundo. De hecho, aprendió francés y entre sus lecturas de formación se cuenta Albert Camus, cuyo estilo se trasluce a veces en sus agudos artículos.

Claridad meridiana, entonces, de unos ojos que por haber visto atraviesan cuanto ven. Cito: 

Soy Hija de Benito Mussolini….
y de alguna actriz de los años 50
que cantaba la “Giovinezza”

Es decir, el himno fascista italiano, pues también lo era su padre, amigo de Franco y la Falange. Y al igual que sus poemas reflejaban un mundo edulcorado propio del bolero, cambiaba de camisa con facilidad y supo mantenerse en primera línea, pese a los sucesivos gobiernos, en apariencia de signo contrario, que gobernaron Colombia en aquellos años. No obstante, su amistad con los líricos españoles del momento, le permitió a Mercedes la frecuentación temprana de poetas como Luis Rosales o Vicente Aleixandre, con quienes guardó amistad duradera. La revolución de la hija tendrá lugar, entonces, con las mismas armas del padre, el lenguaje, que somete a revisión de arriba abajo. 
En “Sobran las palabras” escribe:

Por traidoras decidí hoy,
asesinar algunas palabras. 

Y así, manda al paredón a “amistad” por hereje, y a “amor” por ilegible. Pero también “solidaridad” hecha de viento, o “libertad” casi siempre en labios de carceleros, o peor aún: “civilización”, por su barbarie. Para terminar condenando a la que la nombra: 

Queda la palabra Yo. Para esa,
por triste, por su atroz soledad,
decreto la peor de las penas:
vivirá conmigo hasta el final.

Con gracia desacralizó las palabras que el grupo poético neo-romántico “Piedra y cielo” ensalzaba en sus falsos versos, más que de cielo, de “Cartón Piedra“. Palabras prostituidas a esos vates, retóricas y empolvadas. Cito:

es hora 
de que se quite su maquillaje 
y empiece a nombrar, 
no lo que es de Dios ni lo que es
del César, sino lo que es nuestro
cada día. 
deje las rimas y solfeos, 
gorgoritos y gorjeos, 
melindres, embadurnes y barnices, 
y oiga atenta esta canción: 
los pollitos dicen
píopíopío cuando tienen 
hambre, cuando tienen frío. 

Con esta fuerza arrolladora publica un primer libro: 'Vainas y otros poemas' de 1972, que irrumpe con desfachatez corrosiva, y entra de lleno en la llamada generación “desencantada”. 

Pero en su caso, la conciencia critica se pasea por lo que Santiago Espinosa llama la “escoria de lo trivial”, como quien habla de la vida sin mayúsculas ni guantes. Ahora bien, Que una poeta, mujer para más Inri, le tome el pulso al habla de la calle para entender el malestar del país, es cuanto menos novedoso. 

Abre el libro 'Con Usted y con todos los demás', donde reparte responsabilidades entre todos:

Tanta muerte por la libertad 
y el orden, para terminar
en una Patria Boba, hecha entre chiste
y chanza, 
y más que nada por Usted, 
ojos, oído, nariz, garganta
detenidos en un aire de otro siglo
cuando la tierra era plana. 

Es decir, detenidos rememorando viejas glorias y repitiendo estructuras sociales y literarias caducas, en esta Patria que a la vez es nuestra “casa”. Cito:

Esta casa de espesas paredes coloniales
y un patio de azaleas muy decimonónico
hace varios siglos que se viene abajo.

Y concluye: 
En esta casa todos estamos enterrados vivos.

Cuando el terror se apoderó del país y lo diario eran las muertes sin sentido, me refiero a los años ’80 y ’90, Mercedes dio cuenta de ese paisaje sordo, devastado, que borró de la faz de la tierra pueblos enteros, en un libro extraordinario de 1998, 'El canto de las moscas', subtitulado 'Versión de los acontecimientos'.

La hechura breve, semejante al haiku, fue puesta al servicio de lo único rescatable de esos pueblos ahora fantasmales: el nombre. 

Como bien observó Niall Binns, los breves poemas buscan conjurar la pérdida colectiva de esos pueblos, nombrándolos en una suerte de memorial poético o inventario de Lares, evaporados tras décadas de violencia.

El nombre, al ser invocado, adquiere una calidad córporea, libre, independiente, que permite recuperar una parte esencial de la patria, que nadie te puede quitar. 

Así el primer Canto, “Necoclí”, evoca no una destrucción anónima, generalizada, sino un pueblo preciso cuya forma de vida y tradiciones fueron mutiladas por el conflicto, y ya no se oyen niños jugar o el trajín de la calle: 

Quizás
el próximo instante 
de noche tarde o mañana
en Necoclí
se oirá nada más
el canto de las moscas.

Con sólo haber detectado el aire asfixiante de la época y haberlo dicho de esta manera; más el ajuste de cuentas que hizo con el lenguaje heredado, para lo bueno y para lo malo, puesto que en el lote también heredó el siglo de oro, y supo sacarle partido en una riquísima intertextualidad, con todo esto, repito, hubiera sido suficiente para consagrarse como una de las primeras voces de su generación. 

Pero hay que sumarle la vuelta de 180 grados que le dio a la esfera privada -la del amor, la doméstica y cotidiana - y a la mujer incrustada allí. Lúcida, dijo la alienación de la falta de un lugar propio: 

Si no me pongo el sombrero
al entrar ni me lo quito al salir,
todo es porque no veo
el sitio para reconocerme,
para recordarme, para
parecerme, no lo veo.

Lo que halló es un sitio fijo e inamovible, el del “ángel del hogar”, o la “perfecta casada”, cantada por los siglos de los siglos, como la Señora Arnolfini pintada por Van Eyck, a quien Mercedes desafía en un poema:

Venda su palacio y sus alhajas
y recorra el mundo en auto-stop; beba
la pausa que refresca.
Haga algo señora
para no verla morir entre memorias tristes,
como tanto les ocurre a las palomas
en la Piazza della Signoria.

Así, en esta vertiente de género, parodia las tradiciones simbolizadas por su padre, las muchachas en flor que él cantaba, y realiza su personal parricido, único entre las que la precedieron y las de su generación, recatadas y púdicas. 

Por ejemplo, esta paradoja que invierte los términos, pues cuando deja de practicar las virtudes impuestas, y recobra su energía erótica y creativa, es de verdad virtuosa:

Yace para siempre
pisoteada, 
cubierta de vergüenza, 
muerta
y en nada convertida
mi última virtud.
Ahora soy una mujer de vida alegre,
una perdida: cumplo
con todos mis deberes, 
soy pozo de bondades, respiro
santidad por cada poro. 

En otro poema desmenuza esas virtudes impuestas que conforman el código de roles de una época, y anticipa las ‘pos verdades’ actuales, ¿o es que siempre estuvieron ahí?

Acepté el engaño:
he sido madre, ciudadana, 
hija de familia, amiga, 
compañera, amante.
Creí en la verdad:
dos y dos son cuatro,
María Mercedes debe nacer, 
crecer, reproducirse y morir
y en esas estoy.
Soy un dechado del siglo XX.
Y cuando el miedo llega
me voy a ver televisión
para dialogar con mis mentiras. 

Esa manera de desnudarse es inédita; el tono no es de víctima, la arenga no es panfleto. No hay proyección machista en el otro: “la culpa es tuya”. Hay, en cambio, una eficacia verbal alejada del artificio o la bufonada de ciertos nadaístas, o de los retro- surrealistas de la época, como observa Alvarado Tenorio.

El tono “coloquial” recibe la impronta de Nicanor Parra y su antipoesía, reconocida por ella misma. Y el “desencantado”, la vincula a los españoles Gil de Biedma o Ángel González. Aquel tono de la película homónima 'El desencanto', donde se da cuenta de la ruina de los ideales de una “casa” -entendida como Patria-, a manos de una prolongada tiranía. Que, en el caso de Colombia, fue lucha fraticida entre grupos guerrilleros, para-militares, y carteles de la droga, que postraron al país. 

Maneras del Desamor de 1994, fue quizás su libro más celebrado, y aquel en el que se atrevió a darle el giro definitivo a la cuestión del amor. Muestra la dificultad de prolongar la relación cuando el deseo ha muerto y el mundo se queda sin emociones, rumbo al deterioro y la desaparición. Autoanálisis y humildad en una poesía que fue lucha permanente contra el engaño, el disimulo, la hipocresía. 

Caminaba mirando el cielo
y me fui de narices.
Ahora echo sangre por todas partes:
las rodillas, el aire, los recuerdos. 
Mi falda se desgarró
y perdí los aretes, la razón.

¿No hay en el alma
una manera otra
de vivir un desamor?
 

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