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Actualización: 30/01/2012
Duques
Doctos en pillerías y artimañas, el prójimo les vale exclusivamente para cultivar prepotencia y vejaciones. Ocupados en hacer de sus servidores cómplices, son incapaces de paladear la magia prodigiosa propia de don Quijote y Sancho, diana de sus burlas. Ante ellos falsean, denigran y ríen, vista su propia ineptitud para superar al de la imaginación, cuya libertad desdeñan, con el fatuo ejercicio de sus guasas humillantes. Arropados en soberbia, les pasa inadvertido que sólo fantasía e ilusión, vuelo poético, nutrientes sancho-quijotescos, hacen posible el pergeñar finas cartas y prudentes sobre el buen gobierno, el bien gobernar en la ínsula (pocos más lo han logrado después en cualquier otro lugar) y matrimoniar a una ofendida que el mismo duque, sórdido como los tufos palaciegos, deja indefensa. Risa ducal, signo inequívoco de que la insolencia de los poderosos menosprecia el mejor vino de la vida, el de recrearla y cambiarle alguna vez la faz ignominiosa y opresiva. Pero, baldados para abrevar en los sueños, creen ridiculizar a los otros cuando en verdad, aunque no se percaten, son ellos quienes se afrentan: sus carcajadas no delatan humor sino vileza.
Por Joaquín Marta Sosa



