Avellaneda
Todos los escritores tienen un doble interno que escribe los borradores mentales de sus obras. Son esos borradores que nunca van a dar a la página en blanco. Pero en 1614 ocurrió un hecho fantástico: el doble de Cervantes consiguió salir de su mente e ingresar en la realidad. Se hizo llamar Alonso Fernández de Avellaneda y se las ingenió para llevar a la imprenta el borrador mental de la segunda parte, que había sido desechado por Cervantes. A ese libro los críticos lo llamaron el Quijote apócrifo y por siglos se dedicaron a especular sobre la verdadera identidad de un autor sin biografía. Fue atribuido a Lope de Vega, a Tirso de Molina, a Fray Baltazar Navarrete, a Jerónimo de Pasamonte y a un centenar de otros candidatos. Los críticos, sin embargo, no lograron explicar convincentemente algo bastante inexplicable: que en La guarda cuidadosa, en El Coloquio de los perros y en Viaje del Parnaso, todas obras anteriores a 1614, Miguel de Cervantes aludiera a distintos aspectos del Quijote de Avellaneda, es decir, a un libro que aún no había sido publicado. Pero hay mas: en el Quijote de 1615 (Capítulo LXXII, segunda parte) aparece con toda naturalidad don Álvaro Tarfe, personaje inventado por Avellaneda y no por Cervantes. Ese capítulo explicita las correcciones que le hizo Cervantes a su borrador mental. Cervantes sabía que Avellaneda no era más que un doble psíquico suyo, un fantasma de su imaginación, seco y... "avellanado". ¿Pero quién iba a creerle tan inverosímil explicación? Después de todo, ningún escritor está dispuesto a aceptar que lo crean más loco que sus propios personajes.
Por Óscar Hahn












